
INFALLIVLES
INFALIVLES
- The wrong Biennale -

Un mundo con millones de años y millones de personas cometiendo el mismo error.
Siempre el mismo error, una y otra vez

El cuerpo glitch: cuando el error algorítmico deviene en arte
Una fotografía muestra a un hombre con tres brazos que surgen de un torso improbable; en otra, una mujer sonríe con más dientes de los humanamente posibles, mientras una maraña de dedos adicionales asoma de sus manos. Estas visiones, a medio camino entre lo onírico y lo perturbador, no provienen de la imaginación de un pintor surrealista, sino de algoritmos de inteligencia artificial. En los últimos años, herramientas generativas como Mid-journey, DALL·E o Stable Diffusion han empezado a producir imágenes con fallos anatómicos evidentes —dedos extra, extremidades duplicadas, rostros deformes— que inicialmente se consideraron meros defectos técnicos. Sin embargo, lejos de descartarse como errores, estas anomalías visuales han capturado la atención global y abierto un nuevo campo de exploración estética. Lo que era un fallo se ha convertido en fuente de fascinación: una nueva forma de belleza nacida del glitch digital.

La estética del error: el glitch como nueva belleza
Encontrar belleza en la imperfección no es algo nuevo en la historia del arte. Ya existe una corriente llamada glitch art que celebra la estética de los errores tecnológicos y los artefactos digitales. En el glitch art clásico, artistas provocan o adoptan fallos electrónicos —píxeles corruptos, distorsiones de señal, datos alterados para crear obras que revelan la fragilidad de la imagen digital y la materialidad del medio. Siguiendo esta tradición, las imágenes generadas por IA con anomalías corporales llevan la estética del error a un terreno inédito. Aquí el fallo no es intencional, sino involuntario, un subproducto de la forma en que la máquina aprende; pero, al igual que en el glitch art, ese fallo se resignifica. Aquello que en un principio era un defecto ahora se contempla casi con ternura estética: dedos redundantes, miembros imposibles y asimétricos devienen en signos de una poética nueva, la firma peculiar del proceso algorítmico.

En esta revalorización del error hay algo profundamente revelador. Los glitches en las imágenes de IA funcionan como ventanas al funcionamiento interno de la herramienta. Así como la pincelada delata la mano del pintor, el error anatómico delata la presencia de la máquina. Nos recuerdan que, tras la aparente perfección realista, subyace un proceso no humano, o transhumano, un cálculo estadístico que a veces se equivoca. Pero, en lugar de ocultar estos deslices, artistas contemporáneos los están abrazando y poniendo en primer plano. Los errores se celebran ahora como características distintivas de un nuevo lenguaje visual, marcas de agua de la inteligencia artificial que, paradójicamente, enriquecen la obra, dotándola de una belleza extraña y futurista. No se celebra el fallo por el fallo, sino su potencia heurística.

La mirada algorítmica y la figura humana
¿Por qué una IA “cree” que un humano podría tener ocho dedos en una mano o un brazo de más? La respuesta reside en la forma en que la mirada algorítmica interpreta al cuerpo. Las inteligencias artificiales de visión no “entienden” el concepto orgánico de un cuerpo unificado; en cambio, aprenden de millones de imágenes que proceden de diversos puntos de vista y recombinan patrones sin una noción biológica innata.El resultado es una suerte de collage inadvertido de atributos humanos: un ojo adicional aquí, una articulación de más allá. El algoritmo compone figuras casi humanas, pero a veces las descompone y recompone de maneras insólitas. En palabras del artista Charlie Engman, la IA “descompone lo humano” y lo representa de una manera turbia y visceral. Esa descomposición algorítmica revela tanto las limitaciones como el potencial de la máquina: su limitación, porque carece de un sentido intrínseco de anatomía o totalidad; y su potencia creativa, porque, al carecer de prejuicios sobre lo que “debe ser” un cuerpo, puede engendrar formas que ninguna mente humana habría imaginado. Estas interpretaciones distorsionadas de la figura humana pueden leerse como un espejo digital que nos devuelve una imagen deformada de nosotros mismos. ¿Son el reflejo de cómo nos ve una inteligencia no humana? En cierto modo, exponen los sesgos y puntos ciegos de la propia IA —lo que entiende y lo que no entiende de nuestra realidad corporal, pero también nos obligan a cuestionar nuestros propios cánones de representación. El cuerpo glitch nos interpela: ¿qué define a lo humano en una imagen? ¿La proporción anatómica correcta, la familiaridad inmediata o algo más profundo, como la intención y la identidad que percibimos? Lo casi humano de estas figuras, y su alteridad, nos deja entre la inquietud y el desasosiego. Son inquietantes porque violan nuestras expectativas corporales, recordándonos por momentos a criaturas mitológicas o monstruosas; pero, a la vez, poseen una fascinación estética innegable: la atracción de lo nunca visto, de lo poshumano asomando, temblando entre píxeles.

El cuerpo distorsionado: arte, tecnología y nueva representación
La representación del cuerpo ha sido un tema central en el arte a lo largo de la historia, y cada época ha proyectado en él sus propias ideas y fantasías. En el arte clásico, el cuerpo humano se idealizaba en equilibrio y proporción; las vanguardias del siglo XX, en cambio, rompieron esa armonía, multiplicando perspectivas y deformando las figuras para expresar emociones más profundas. Basta recordar las pinturas fragmentadas del cubismo, donde un rostro se muestra simultáneamente de frente y perfil, o las figuras elongadas y retorcidas de expresionistas y surrealistas. Aquellas distorsiones deliberadas buscaban expandir la realidad, revelando que la visión humana no es única ni objetiva. Ahora, en el siglo XXI, la inteligencia artificial ha introducido una nueva vuelta de tuerca a esa larga exploración del cuerpo: sus distorsiones no nacen de la subjetividad de un artista humano, sino de la lógica —casi alienígena—de un algoritmo entrenado en datos.
Sin pretenderlo, la IA está generando nuevas formas de mirar, interpretar y representar la figura humana —formas que ningún pintor había intentado, precisamente porque ningún pintor pensaría en un cuerpo con extremidades duplicadas a no ser como grotesco o fantasía. Lo fascinante es corroborar cómo estos errores algorítmicos confluyen con preocupaciones estéticas y filosóficas contemporáneas, revelándonos a veces más ideas que el puro racionalismo. En tiempos donde se debate lo poshumano y la fusión entre lo orgánico y lo digital, las imágenes de cuerpos glitch aparecen casi como manifiestos visuales de esa condición híbrida. El cuerpo deja de ser entidad cerrada para convertirse en algo maleable, abierto a mutaciones impuestas por la tecnología. Vemos en ellos ecos de los antiguos monstruos mitológicos, pero también de experimentos artísticos modernos: la IA recrea sin saberlo la irreverencia de un Francis Bacon deformando el retrato y la lúdica monstruosidad de un Hans Bellmer desmontando y rearmando su muñeca.
Sin embargo, aquí no hay intención consciente de provocar: es el propio medio digital el que, al esforzarse por imitar lo humano, se delata a sí mismo y nos ofrece sin querer una nueva iconografía de lo extraño. Desde un punto de vista social, estas imágenes también actúan como catalizador de debates. Inicialmente, muchos vieron en los dedos mutantes y sonrisas aberrantes la prueba de que la IA aún es torpe, una suerte de broma de internet. Pero, conforme artistas y teóricos empezaron a tomarlas en serio, se transformaron en comentarios visuales sobre nuestra relación con la tecnología. ¿Por qué nos inquieta tanto una mano con ocho dedos? Tal vez porque rompe un pacto profundo: el de que la tecnología nos reflejaría fielmente.
Aquí, en cambio, la máquina nos presenta una versión alternativa de nuestra humanidad y, al hacerlo, cuestiona nociones de identidad, normalidad y perfección. Estas creaciones nos invitan a aceptar una nueva sensibilidad estética donde lo inquietante y lo bello conviven, donde el error ya no es fallo, sino característica, y donde lo humano se reinterpreta constantemente a la luz de lo digital.

Hacia una poética del error tecnológico
Lejos de ser una simple curiosidad pasajera, el fenómeno de los cuerpos distorsionados por IA apunta hacia una poética tecnológica emergente. En esta poética, el glitch, el accidente, la grieta en la simulación es el elemento que aporta sentido y profundidad. Igual que en la filosofía japonesa del wabi-sabi se aprecia la belleza de lo incompleto y lo impermanente, en la estética digital contemporánea comienza a valorarse la belleza de lo accidentado: la huella digital de la imperfección. Cada render fallido, cada miembro fantasma en una imagen generada, es un recordatorio de que la creatividad algorítmica opera con reglas propias, a veces inescrutables. Y, sin embargo, de ese caos aparente surgen hallazgos visuales cargados de significado. Podemos interpretar estos cuerpos fragmentados como manifestaciones de la colaboración entre lo humano y lo artificial. El algoritmo aporta la chispa aleatoria, la desviación que rompe el molde; el ojo humano, al contemplarla, aporta la interpretación y el sentido. De esta interacción nace un nuevo tipo de belleza híbrida, mitad calculada y mitad hallada. En efecto, estamos ante una estética posdigital en la queel autor ya no es singular: la obra es cocreada por redes neuronales y artistas que provocan, seleccionan o simplemente pulen esos momentos glitch. Es, en cierto modo, el arte sorprendiéndose a sí mismo, encontrando orden en el error y sublimando lo que era un desperfecto en una experiencia estética provocadora. Las imágenes generadas por IA con anomalías visuales nos obligan a repensar conceptos fundamentales de la creación artística y la representación humana. Nos muestran que la belleza puede brotar de un cálculo equivocado, que lo humano puede residir incluso en figuras anómalas creadas por una máquina y que la tecnología no solo extiende nuestro alcance creativo, sino que también introduce sus propias voces y accidentes poéticos. Se puede vislumbrar en estos “errores” un destello de verdad: la de que cada medio nuevo trae consigo un modo propio de ver el mundo, con sus limitaciones y sus milagros. Los glitches de la IA son, en definitiva, expresiones del medio que los produce — marcas de nacimiento de la inteligencia artificial en el campo del arte— y nos invitan a una conversación estética y filosófica sobre qué significa crear y ver en la era algorítmica.

INFALIVLES —Jacobo Restos
En INFALIVLES, T. Ceballos — despliega un universo visual tan hipnótico como perturbador, habitado por cuerpos que parecen humanos pero no lo son. Figuras hiperestéticas en equilibrio inestable, manipuladas por prompts en clave de glitches digitales, se retuercen en composiciones que evocan la teatralidad extrema del manierismo y el dramatismo corporal del barroco, reinterpretados en clave algorítmica. La exposición se construye como una paradoja visual que explora la complejidad de la percepción: un catálogo de lo inquebrantable que, sin embargo, desborda fragilidad, error y mutación.
Esta nueva serie nace de su inmersión radical en las posibilidades expresivas de la inteligencia artificial. Con ella, Ceballos no solo genera formas, sino que cuestiona los límites mismos de la autoría, la corporeidad y la identidad en un mundo donde la carne y el código se funden.
INFALIVLES no propone respuestas, sino imágenes que se debaten entre lo sublime y lo fallido, entre lo deseado y lo imposible de habitar.
El título, INFALIVLES, no solo subvierte la semántica, sino la fe. Lo infalible aquí no es lo que acierta, sino lo que insiste. Estos cuerpos no saben caer, porque no pueden. La caída sería redención, gravedad, suelo. Lo que vemos es otra cosa: una flotación angustiosa, un estado intermedio donde la carne ha sido sustituida por código, pero el código aún recuerda que una vez hubo deseo, herida, contacto.
Lo más inquietante es que Ceballos no denuncia. No hay panfleto en estas obras, sino presencia. El horror no está en lo que muestran, sino en lo que silencian: un mundo donde la perfección es la nueva forma de la tortura. Donde lo inacabado sería el único gesto honesto. A veces, ver estos cuerpos es como contemplar una sonrisa inmóvil. Lo que duele no es lo que falta, sino lo que sobra: luz demasiado limpia, un equilibrio excesivo, una belleza llevada al límite de lo exacto. Y, en medio, algo cruje. Ese crujido es el que interesa. Eso, quizás, es lo único humano que queda.

¿Por qué INFALIVLES? Depende. Si me preguntas por el título, te diría que INFALIVLES es un error ortográfico que no quiere corregirse. Una palabra que se presenta como definitiva, pero se cuela por la rendija del fallo. No son “infalibles”, los que no fallan, sino INFALIVLES: los que se niegan a ser coherentes con su forma. Es un título que finge saber lo que dice, como la mayoría de los títulos hoy en día. Pero, en lugar de prometer claridad, te lanza al abismo de su propia torpeza. Ahora bien, si me preguntas por la exposición, por el porqué de estos cuerpos, estas poses, este frío… entonces creo que la respuesta es otra. INFALIVLES es una forma de resistencia, pero no heroica. Resistencia como congelamiento, como retención del gesto. Cuerpos que se niegan a fallar, aunque el fallo ya los habite. Como si estuvieran atrapados en una actualización eterna. Por eso no se caen. Porque caer sería asumir el peso, y aquí lo que pesa está desplazado: al artificio, al adorno, al trauma invisible. Así que: ¿por qué INFALIVLES? Porque son cuerpos que no se permiten el error, y por eso están condenados a repetirlo. Porque son imágenes que no quieren explicar nada, pero funcionan como evidencia de un crimen que aún no tiene nombre.Y porque, como todo lo infalible, provocan miedo, no confianza.

¿Por qué la IA?
La inteligencia artificial no es solo una herramienta, sino una elección coherente con el tema de la exposición, es directamente la musa. Si INFALIVLES trata sobre cuerpos que no pueden permitirse fallar, la IA representa esa lógica: genera imágenes pulidas, sin historia, sin error visible. Ceballos infiltra el fallo en ese sistema perfecto, saboteando desde dentro. La IA reconstruye cuerpos a partir de restos estadísticos, no de carne ni memoria. Por eso, lo que vemos no son personas, sino promedios sin alma. Y cuando aparece una grieta —una postura imposible, un gesto erróneo, el fallo se convierte en verdad. Justo ahí sucede lo humano.
Después de estudiar la obra y la trayectoria de Tomy Ceballos, se entiende que INFALIVLES no es un salto ni un quiebre, sino una consecuencia afilada. Tomy ha trabajado siempre en los márgenes de la forma, en los intersticios del lenguaje visual y textual, en el filo entre lo confesional y lo impúdico. Su obra se arriesga, no por provocación, sino por necesidad de verdad.
INFALIVLES aparece como la culminación de una poética que ya no pide entrar, sino que decide irrumpir. Si antes su trabajo insinuaba, aquí se expone sin velos. Si antes hablaba desde el cuerpo, ahora lo deja en carne viva. Si antes seducía con ambigüedad, ahora muerde con claridad brutal. La evolución hacia INFALIVLES resulta lógica porque condensa la trayectoria de Ceballos en un punto de máxima intensidad: ya no se limita a diluir los márgenes de la forma, desintegra los cánones. Porque el arte que no arde, no sirve. Y Tomy ya ha juntado suficiente leña. INFALIVLES es la continuación natural de una trayectoria que se niega a repetirse, que necesita traicionarse para mantenerse viva. Es, en definitiva, una coherencia feroz.
La belleza de lo imprevisto
«Hay una grieta en todo. Así es como entra la luz.»
—Leonard Cohen
La inteligencia no es orden, es crujido, es vértigo. Los grandes saltos del conocimiento, los que realmente han cambiado nuestra forma de ver el mundo, no han surgido de repetir lo sabido, sino de atreverse a preguntar lo impensado, de hacer preguntas que contradigan mil años de certezas. En ciencia, como en arte, la creatividad nace del desequilibrio, del momento en que la lógica se quiebra y aparece una luz en otro sitio, otra posibilidad. “El gótico no surgió de un instante, sino de un dialogo de piedras y palos, de una herencia de cenizas. Fue la flor tardía de la semilla, que Roma dejó caer en tierras bárbaras.”
Esta exposición trata de errores, de fallos imprevistos, de accidentes felices, de seres perdidos que buscaban una cosa y encontraron otra, de ideas que nacieron justo cuando algo se rompió. Las obras que verán aquí nacen del desorden, del ruido, del azar, del gesto involuntario. Son errores; es ahí, justo ahí, donde ocurre el arte que nos interesa. Queremos invitarte a mirar el error desde otro lugar: no como algo que se corrige, sino como algo que se explora. Porque cuando dejamos de tener miedo a fallar, empieza lo interesante. Porque lo inesperado también puede ser hermoso. Y porque, si lo pensamos bien, casi todo lo que nos ha cambiado la vida alguna vez fue un error. Proponemos una revisión crítica del lugar del error en los procesos creativos y de conocimiento. Históricamente asociado al fracaso o a la desviación del camino correcto, el error ha sido, en muchos casos, la grieta por la que ha ingresado una nueva verdad. Desde los accidentes científicos que redefinieron paradigmas hasta los gestos artísticos que subvirtieron la lógica de la perfección, esta muestra explora cómo el error, lejos de anular la creación, la expande. En tiempos dominados por el control, la optimización y la eficiencia, el error se presenta aquí como un espacio de resistencia, de apertura y de posibilidad. Una oportunidad de ver distinto, de pensar fuera del marco establecido, de producir significado desde el desvío. Este recorrido no pretende ofrecer certezas, sino habilitar una conversación en torno al valor de lo incierto. Porque quizá el verdadero arte, como la verdadera INTELIGENCIA— no nace de la respuesta correcta, sino de la pregunta inesperada.
¿Estábamos mirando en la dirección equivocada?

Somos imperfectos, hechos de un cuerpo frágil, de una materia que se agota, que se rompe. Aspiramos a algo que no cargue con esta condena de precariedad. La evolución escribió el código, pero estamos aprendiendo a hackearlo: queremos ir más rápido, más lejos, más deprisa que nuestra propia carne.
No es necesario que comprendas estas imágenes: ellas sabrán habitar tu fragilidad. El poder irresistible de la inconsciencia es hacer nidos en las grietas de lo humano.
TEXTOS : DESIDERIO GUERRA - JACOBO RESTOS - TOMASSO CEBALLOS